AVENTURAS EN ASIA

AVENTURAS EN ASIA

miércoles, 27 de agosto de 2014

La terminal.

Al llegar a Kuala Lumpur el único transporte que me quedaba era el taxi porque ya era más de medianoche, así que pagué la carrera en el aeropuerto y con el ticket que me dieron salí para afuera.

El taxista no tenía ni idea de dónde estaba el hotel así que pusimos cada uno nuestro gps y entre lo que él sabía y las indicaciones que le iba dando, al fin llegamos (me dio el móvil y yo le iba guiando si era izquierda, derecha o recto).

Después de hacer el check in y lavarme los dientes me fui a dormir ya que al día siguiente tenía el vuelo a las 14:30 y tenía que emabarcar a la 13:30.

A la mañana siguiente me desperté temprano, a las 7. Me duché tranquilamente, desayuné y a las 8 cogí la mochila y me fui andando hasta la estación de metro KLCC. Tardé unos 25 minutos.

Una vez allí cogí el metro y me fui hacia la estación KL CENTRAL con la intención de ir a las taquillas para comprobar si las cosas que había dejado allí hacía 32 días, continuaban allí.

Al llegar me encontré al hombre encargado de las taquillas con el mismo bigotillo y la riñonera en la cintura y al abrir la taquilla 142, todo estaba allí!

Cerré la taquilla, miré el reloj y eran las 10:30 y pensé que me daba tiempo a ir a Chinatown que estaba a una parada, comprarme unas Converse por 10 € y un regalo para Asako para agradecerle con un detalle todo lo que me estaba ayudando.

Inconsciente de mí, volví a coger el metro, paré en Padan Seni y me fui en busca del regalo y de las Converse.

Después de dar algunas vueltas, encontré unos pantalones/vestido que me gustaron para Asako y que además eran de su talla. Pero seguí a ver si veía algo más.

Llegué a un puesto donde vendían las Converse, me las probé y me las compré por 50 Riggits (10€) y pagué con los 65 Riggits que llevaba encima.

Cuando volví a por los pantalones no me llegaba con los 15 Ryggits que me quedaban, así que fui al cajero a sacar.

Tanto ese, como en 3 cajeros más que fui,  no tenían dinero en efectivo en ese momento, el tiempo se me acababa, iba corriendo por la calle pensando que tenía que coger el avión que me llevaría a Japón de nuevo y cuando ya iba a desistir, encontré un cajero con cash y pude sacar dinero.

Fui corriendo por las calles a toda prisa, compré el vestido y seguí corriendo hasta la estación de metro.

Eran las 12:15, a la 13:30 se cerraba la puerta de embarque y el tren KLIA express me dejaría en 40 minutos en el
aeropuerto como ya lo hice la otra vez. Estaba nerviosísimo!

Cuando bajé en KL CENTRAL de nuevo, bajé a toda pastilla del metro, fui a la taquilla, cogí mis cosas y fui a comprar inmediatamente el billete para el
tren expreso que va al aeropuerto.

Cuando llegué se me hizo un nudo en el estómago: por motivos técnicos ese día no habían expresos y tendría que coger un tren regular con paradas...

Lo compré igualmente, salí pitando hacia la vía de salida y me metí en el tren.

Una vez allí me reorganicé la maleta y me preparé con los billetes en la mano y el pasaporte para salir disparado cuando saliera del tren, eran la 13:10 y estaba de los nervios.

Para más inri, por los altavoces del tren dijeron que ese tren no llegaba a mi terminal y tendría que hacer un transbordo de 10 minutos. 
Estaba desesesperado.

Después del transbordo salí corriendo a lo Will Smith en las películas con el pasaporte y los billetes en la mano y cuando llegué a las pantallas de los vuelos pude leer:

"D7522 Kuala lumpur - Tokyo: CLOSED"

Se me había ido de las manos! Había perdido el primer vuelo de mi vida.
Entonces, agotado, pensé en como me había ocurrido eso a mí.
Está claro que si me hubiera ido directamente sin pasar por el
Barrio Chino hubiera llegaro pero...
Y si hubiera funcionado el primer cajero?
Y si solo hubiera comprado el regalo a Asako y no las bambas y me hubiera llegado el efectivo?
Y si no hubiera tenido problemas con los trenes?
No era nada de eso, el problema es que en mi cabeza creía ser consciente que me iba a dar tiempo a todo y no fue así (por mala suerte también).
Como me dicen muchos amigos, calculo
muy mal el tiempo que voy a invertir en hacer algo y siempre acabo llegando tarde.
Es una de las cosas que tendría que mejorar.
Cuando se lo conté a mi amiga Mireia, ella me dijo que alguien le dijo a ella en una ocasión: -"Si nunca has perdido un avión, es que no se ha viajado lo suficiente".
No se si será verdad o no, pero yo intenté consolarme con eso, ya no podía hacer nada.

Después de comprar otro billete (100€!) me dieron la hora del siguiente vuelo...
24 horas más tarde!

Como penitencia me planteé pasar las 24 horas en la terminal.

Estuve leyendo, escuchando música, escribiendo en el blog, quemando el móvil con internet en el Starbucks, durimendo... Y de las 14:30 fueron las 21:00.

No podía más, fui a cenar a un restaurante de comida ecológica y me fui a un hotel cápsula que había en el mismo aeropuerto.

Allí me encotré con la chica del Container Hotel, que resulta que trabajaba allí también y se acordó de mí y me saludó, que coincidencias!

Una vez allí pagué un nicho por 12 horas,  me duché, me conecté a internet y me metí a dormir en mi cápsula. Dormí como un bebé.

Al día siguiente dado que estaba en el aeropuerto me lo tomé con calma. Desayuné en el restaurante de comida ecológica y me fui a pasar los controles directo a la puerta de embarque.

Ahora sí estaba todo a punto, mi regreso a Japón  era inminente.

lunes, 25 de agosto de 2014

De vuelta en Japón: el Fuji, Kamakura y cumpleaños nipón.







Cuando pisé de nuevo suelo nipón ya pasaban las 10:30 de la noche.
Llegué al aeropuerto de Haneda, cogí uj autobús que me dejó en Shinjuku y me fui andando hasta nuestro próximo hogar el Ace Inn Shinjuku.

Cuando llegué me encontré a Jesús liado con el móvil sentado en la puerta del hotel. Nos dimos un abrazo y entramos a ponernos al día, ya era tarde.

El plan era salir al día siguiente a primera hora en autobús para intentar subir el Fuji.
No teníamos ropa de abrigo, ni botas demontaña  y no encontraba mi frontal, pero Asako ya nos había reservado los billetes con salida a las 7:40 y nos fuimos a dormir a las 4:00...

Después de pasar 24 horas en una terminal, un palizón de 8 horas de avión y habiendo dormido 3 horas, cuando sonó el despertador no me lo podía creer.
Jesús me despertó, dejamos nuestras mochilas en el pasillo para guardar las maletas y nos fuimos con lo justo y dos mochilas pequeñas a escalar el Fuji.

Llegamos con tiempo a la estación de autobuses de Shinjuku, compramos algo para desayunar y cuando nos dimos cuenta estábamos de camino a la montaña más sagrada de los japoneses.

Una vez allí fuimos al punto de información y cuando nos vieron las pintillas para escalar el Fuji se echaron las manos a la cabeza.
Nos recomendaron que alquiláramos botas de montaña. Jesús lo hizo porque traía unas de suela plana y tela, pero yo llevaba mis Nike de educación física y pensé que ya sería suficiente.

La mujer del punto de información nos dijo que allí no habían cajeros y que deberíamos pagar todo con tarjeta. Nos reservó un refugio en la octava estación y nos fuimos a una tienda de souvenirs del Fuji donde había material de montañismo.

El monte Fuji es el volcán más importante de Japón, tiene 3776 metros de altura y el camino se distribuye en 10 estaciones.
El autobús nos dejó en la 5a estación a 2500m de altura.

Este monte ha servido de inspiración a muchos artistas y poetas japoneses, es considerado sagrado, de hecho en la cima hay toris, las puertas que indican que allí hay un templo sintoísta.
Dicen que todo japonés debería subir al menos  una vez en la vida, nosotros estábamos a punto de nacionalizarnos.

En la tienda compramos un montón de cosas. Yo me compré un gorro, unos guantes, unos calcetines gordos, un frontal, un mosquetón, agua y un montón de barritas y geles.
Jesús se compró un chubasquero y unas cuantas barritas y geles también.
Él llevaba camisetas de recambio pero no pantalones y yo en cambio llevaba pantalones de recambio pero no camisetas. Un desastre.

Cuando tuvimos todo organizado, empezamos a subir y la verdad que a buen ritmo. No vi en ningún momento a nadie que nos adelantara y nosotros en cambio adelantamos a un centenar de japoneses sin exagerar.

La subida hasta la 8a estación fue dura, no paró de llover en todo el rato pero de las 4 horas que ponía en los carteles que se tardaba nosotros subimos en 2 horas y 20 minutos.

Cuando llegamos al refugio estábamos empapados. Un hombre nos esperaba en la entrada para secarnos el chubasquero, acto inútil desde nuestro punto de vista.

Yo me dejé la camiseta y la chaqueta, me cambié los pantalones cortos empapados por los pantalones largos y Jesús hizo lo propio con la parte de arriba, lo que pasa es que no tenía pantalones de recambio y se puso un pareo que llevaba en la mochila.

De esa guisa se presentó para cenar y para desayunar al día siguiente.
Nos fuimos a dormir a las 5:30 de la tarde en sacos de dormir como latas de sardinas y la ropa mojada  la dejamos en bolsas de plástico y nos despertamos al día siguiente a la 1:30 de la madrugada para desayunar y seguir subiendo para llegar al espectáculo de la salida del sol desde la cima.

Cuando salimos para arriba todavía no se le habían secado los pantalones así que se los ató a la mochila con el mosquetón que había comprado y se fue en pareo para arriba cuando la gente iba abrigada y preparada como si se tratara del Everest, incluso algunos tenían botellas de oxígeno.

Mientras vas ascendiendo las estaciones,  el precio de las cosas también van al alza con la altura: la comida, la bebida y el lavabo. Sí como escucháis, en las primeras estaciones valía 100¥ y en las estaciones de arriba ya costaba 200¥!

Cuando empezamos a subir con mi frontal repetimos el mismo proceso, empezamos a adelantar a los grupos de japoneses que atascaban el camino creando un río de luciérnagas en la noche.

Según los carteles tendríamos que tardar 1 hora y 15 minutos y subimos a la cima en 40 minutos. Demasiado pronto.

Soplaba un viento increíble y con las bajas temperaturas la sensación de frío  era el doble, y más si vas con pareo...
En ese momento me alegré de haber comprado la ropa de abrigo.

Con que teníamos que esperar todavía 2 horas más y hacía muchísimo viento, nos arrimamos a una pared y nos abrazamos para aprovechar el calor humano y de pasó tapar las piernas desnudas de Jesús.

Al cabo de una hora estábamos muertos de frío, tiritando y en ese momento me acordé de los pingüinos emperador y en la forma que tienen de agruparse para sobrevivir al frío del Ártico.

Justo cuando ya estábamos hablando de volver al refugio sin ver la salida del sol, apareció nuestro salvador: -----------.

Este hombre nos enseñó lo que es la calidad humana hasta límites que no conocíamos hasta el momento.

Nos regaló unos pantalones a cada uno, a Jesús le compró unos guantes y un chocolate caliente.
A todo esto, con que no sabía nada de inglés, en un momento en que Jesús había ido a correr para calentar y este no lo vio, se pensaba que se había perdido y con que no podía comunicarse conmigo, llamó a su hermana, la despertó y estuve hablando con ella la cual me dijo que su hermano estaba preocupado porque había desaparecido mi amigo.

Finalmente abrieron un refugio y todos entramos a esperar la salida del sol y allí invitamos a nuestro amigo a una sopa y un chocolate caliente.

Después llegó el momento esperado: la salida del sol.

Salió de entre las nubes hacia arriba. Salió como una bola naranja que teñendo tonos más amarillos a medida wue avanzaba el tiempo.

No se pudo disfrutar lo que nos hubiera gustado debido al fuerte viento. Pero estábamos satisfechos.

Después convencimos a nuestro nuevo amigo para dar la vuelta al cráter y subir al punto más alto de Japón y así lo hicimos. Con la salida del sol, la temperatura era más agradable, aunque el vendaval no había amainado. Aún así decidimos dar la vuelta al cráter y subir hasta el punto más alto de Japón inviertiendo una hora más de nuestro tiempo.

La bajada se nos hizo larga. Parecía que no se acababa nunca.
El camino de bajada es distinto al de dubida y solo hay gente bajando.
Las rodillas empezaban a cargarse, a medida que bajábamos la temperatura aumentaba y nos íbamos quitando capas de ropa.

Finalmente nos despedimos de nuestro amigo salvador el cual nos regaló los pantalones, nos dimos las direcciones de Facebook y tras un buen rato de charlas y descansos llegamos de nuevo a la 5a base.

Allí devolvimos las botas de alquiler, comimos algo, nos hicimos una foto donde aparecía la fecha de bajada de fondo y descansamos hasta coger de nuevo el autobús de vuelta a Tokyo.

Al llegar, reservamos una noche más en el Ace Inn Shinjuku, solo les quedaba una habitación!

Esta vez estuvimos en una habitación japonesa con tatami en la 10a planta. Nos duchamos, cenamos en un restarante de carne que me encantó acompañado de una soda bien  fresquita y nos fuimos a dormir pensando en los planes del día siguiente.

Cambio de hotel, Kamakura, el gran buda, la playa y celebración anticipada de mi cumpleaños en sábado noche!
Ayasuminasai!




De vuelta a Indonesia: Tanah Lot, Flores y Komodo.


Mi vuelta a Indonesia fue muy plácida ya que allí me estaban esperando Oscar y Mireia.

Además de ser amigos, con Mireia comparto también profesión, es la jefe de estudios en el colegio donde trabajamos.

Oscar me estaba esperando a la salida del aeropuerto y con la moto de alquiler me llevó hasta el hotel donde estaban alojados.

Allí estaba Mireia, estuvimos charlando y poniéndonos al día y acto seguido, reservé un bungalow por una noche y una moto.

Ya era la hora de comer así que degustamos comida local y después cogimos las motos y pusimos rumbo a Tanah Lot.

Tanah Lot es el templo más representativo de Bali, aparece icluso en los billetes.

Se me había resistido en 2 ocasiones, pero a la tercera sería la vencida.

Fui siguiendo a Oscar estando alerta del caótico tráfico y finalmente llegamos.

La verdad que el sitio merece la pena. El templo está situado en un enclave privilegiado: a la derecha hay una roca agujereada sobre el mar y el templo queda sobre ella como si la roca fuese un puente natural. Las vistas de la puesta de sol son espectaculares.

A mano izquierda hay una cueva en el mar que cuando se pone el sol y la marea baja, sirve como templo para  bendecir a los feligreses a los cuales se les pone como una especie de grano de arroz en la frente.

Para colmo, aquel día el cielo estaba despejado, habían unas olas increíbles y 
sorprendentemente, vimos una bandada de miles de pájaros sobrevolando el templo. Fue espectacular.

Después de esto fuimos a cenar al que fue mi centro de confort en Seminyak, el restaurante Sun Shoot.

Después de dar algunas vueltas para encontrarlo, llegamos y los camareros se acordaban de mí, me dieron la mano y me preguntaron por Jesús y por Rubén.

Allí disfrutamos de una buena cena y de una buena charla, de esas de sobremesa.

Al cabo de un rato se hizo tarde y nos dirigimos a nuestro hotel donde nos despedimos y nos fuimos a dormir con buenas sensaciones.

Al día siguiente el taxi me estaba esperando bien temprano, me llevó al aeropuerto y después de pasar los controles pertinentes llegué a mi puerta de embarque.

Allí me encontré con una grata sorpresa: estaban retransmitiendo un partido de fútbol del Barça de la era Guardiola como entrenador, jugaban contra el Rayo Vallecano.

Acabaron 5 a 0 a favor del Barça y me di cuenta de la diferencia que había con el Barça actual y eché de menos ese juego magistral y la velocidad de los jugadores.

En fin, después de volar en un avión de la compañía Garuda Indonesia, muy pequeño, con hélices de aspas y muy moderno (aluciné cuando me dieron el desayuno!) aterricé en el aeropuerto de Labuan Bajo: un descampado y un sólo edificio con una única puerta de embarque.

Al salir me dirigí a las oficinas de la isla donde iba a pasar los 3 siguientes días.
Digo la isla porque después de haber estado allí no puedo decir el nombre a quemarropa en público.

Es como si te tocara la lotería y se lo fueras contando poco a poco a toda tu gente (evidentemente a los que vea se lo contaré y a los que me pregunten por privado también) y para los curiosos que quieran investigar si miran por el Google islas cerca del parque natural de Komodo seguro que lo averiguan también, pero así me sentiré bien de no haberlo dicho en público.

Esa isla, a día de hoy, es un lujo de la naturaleza muy poco explotado y económicamente muy accesible.
Imagino que de aquí a unos años, aquello puede convertirse en un resort de super lujo tipo Bora Bora o Maldivas.

Pues en esa isla pasé 3 días alucinantes.
Apenas éramos 60 personas  y todo estaba hecho pensando en el medio ambiente, hasta los lavabos.

El agua no se como lo harían pero tanto las cañerías como los grifos estaban hechos de bambú y tenías que ducharte sin desperdiciar agua para que llegara para los demás huespedes (habían carteles que aconsejaban 3 minutos cayendo agua aproximádamente).

La isla tenía un centro de submarinismo, un restaurante/ recepción con un solo turno para desayunar, comer y cenar y también había una zona donde vivían los trabajadores.

Los huéspedes se podían alojar en bungalows, bales (tipo cabañas en primera línea de mar) y en tiendas de campaña.

Cuando reservé con dos meses de antelación solo quedaban tiendas de campaña ya.

En esta perla del Índico había una montaña donde podías ver la puesta de sol o el amanecer y desde donde podías bajar a la otra playa de la isla cuando la marea estaba alta, ya que cuando la marea baja al atardecer, se puede rodear la isla caminando en unos 40 minutos.

El primer día estuve alucinando con la belleza y la exclusividad del lugar, a la vez que tanteaba el terreno y reservaba las actividades para los días posteriores.

Como cada día que estuve allí, a las 16:30 subía a la montaña hasta la zona más alta, extendía mi pareo, sacaba un libro y disfrutaba con mi cita con el sol hasta que se escondía del todo a las 18:00 de la tarde.

El segundo día tendría que haber ido a la excursión a Rinca, para ver los dragones de Komodo. 
El hombrecillo que gestionaba la salida me dijo que a las 7:30 tenía que estar allí para desayunar en el restaurante porque a las 8:15 salía el barco.

Ese día se me pegaron las sábanas y llegué a las 8 al restaurante siendo consciente que tenía unas galletas y una botella de agua para desayunar en el barco.

Cuando llegué a las 8 vi como zarpaba el barco delante de mis narices. Pero con el paraiso que tenía ante mi, cómo iba a reprimirme?

Ese día fui hasta la otra parte de la isla atravesando la montaña. Allí hay una playa que solo se puede acceder por la montaña cuando la marea esta alta o nadando, pero no es aconsejable.

Pues allí estuve  todo el día completamente solo disfrutando de una joya de la naturaleza: había un árbol por si querías sombra, unas aguas completamente cristalinas y un montón de coral junto con una gran diversidad marina para disfrutar con el snorkel, fue increible.

Después de mi cita con el sol y una ducha quedé para cenar con unos amigos que hice en la isla (una pareja que estaban viajando por el mundo después de haber trabajado en Nueva Zelanda y ahora estaban echando una mano con las excursiones allí, él era argentino y ella italiana).

Después de cenar disfruté de un concierto improvisado de uno de los locales que cantaba y tocaba  bajo el cielo estrellado. Más tarde, después de una cerveza me fui a descansar para levantarme temprano, ya que al día siguiente tenía 3 inmersiones.

El siguiente día fue uno de los mejores de  las vacaciones. Estuvimos todo el día en el barco con comida y bebida e hicimos 3 inmersiones de unos 50 minutos cada una.

En la primera vimos un arrecife de coral precioso y muchas tortugas, en la segunda estuve a escasos metros de mantas enormes de 3 o 4 metros y en la tercera bajé una pared bajo el mar rodeada de miles de peces, coral, tortugas y también vimos 5 o 6 tiburones.
Fue una pasada!

Esa misma noche, después de volver a cenar con mis amigos, tuve una charla birra en mano con Will, un norteamericano que andaba viajando en libertad allí donde se sentía feliz, un auténtico nómada que se movía por impulsos.

Tengo un gran recuerdo de esa conversación acerca de lo que es importante o no en esta vida y que cosas podemos hacer para intentar ser felices, nuevos modos de vida, etc. Fue muy gratificante.

A la mañana siguiente desayuné temprano y cogí el barco y el avión que me devolverían a Bali nuevamente.
Allí cambié las rupias por yenes japonseses y cogí el avión que me llevaría de nuevo a Kuala Lumpur, donde llegaría a la medía noche.

Aún no tenía ni idea de lo que me esperaba...




domingo, 24 de agosto de 2014

Despedidas en Tailandia, la ciudad donde todo es posible.


Ya hacía 28 días que había partido en busca de aventuras en Asia y 23 de esos días los había compartido con dos de mis mejores amigos.

Solo nos quedaban dos días juntos y que mejor forma de despedirnos que en la capital de Tailandia.

Tras esperar en el aeropuerto de Chiang Mai a nuestro avión viendo el último capítulo de Breaking Bad (la mejor serie que he visto en mi vida) cogimos nuestro avión y llegamos a nuestro destino en menos que canta un gallo.

Bangkok es una urbe enorme donde reina un kaos ordenado y donde puedes encontrar desde rascacielos espectaculares a templos ancestrales.
Esta ciudad está llena de mercadillos y puestos de comida, tiene un tráfico trepidante y el calor es horrible.
La sensación que da cuando paseas por allí es que el grado de contaminación es alto y cuando menos te lo esperas puede sorprenderte un olor a cloaca en cualquier esquina como si de una galleta de Bud Spencer se tratara.

Los tres ya habíamos estado allí, así que ya sabíamos de que iba la cosa (precios, regateo, taxis...).

Al salir del aeropuerto un taxista bajó la ventanilla y nos indicó que fuéramos en su taxi con el fin de evitarnos la cola oficial.

Así que salimos corriendo y nos metimos en el coche en marcha cargados con nuestras mochilas con la fehaciente condición de que nos pusiera el taxímetro.

Lo primero que le dijimos fue:

-Put de meter please.
(Pon el taxímetro por favor).

A lo que él contestó: 

- 650 baths for three people!
(650 baths por 3 personas).

Y nosotros replicamos: 

-Put the meter or nothing!
(Pon el taxímetro o nada!).

A lo que él continuó diciendo:

- 500 baths my friends, good price!
(500 baths amigos, buen precio!)

Y nosotros concluimos contestando:

- Stop the taxi, stop here please!

(Detén el taxi, para aquí por favor!)

Ipso facto bajamos del vehículo en marcha y nos bajamos para hacer la cola de los taxistas oficiales del aeropuerto cuyos taxis van con taxímetro. La carrera no llegó a los 200 baths.

Nuestro destino elegido fue Kaosan Road.

Ésta calle y sus circundantes, viven al margen de la ciudad, con sus propias leyes y donde parece que el tiempo transcurre de forma diferente.

A todas horas hay actividad, por el
día hay un montón de puestos de comida, tiendas, salón de masajes, lavandería, restaurantes, hoteles...
Y por la noche algunas de estas paradas montan una carpa con grandes altavoces  (deejay incluido) y muchas de las paradas que durante el día servían comida, ahora sirven bebida de todo tipo: cervezas, combinados, buckets...

Desde que  se entra en Kaosan Road y mientras se recorre hasta el otro extremo, el viajero puede sentirse abrumado por las cosas inverosímiles que le intentan vender: pinchos con escorpiones fritos, ping pong show, ranas de madera como souvenir, trajes a medida, etc.
Pero si se deja envolver por el encanto de la calle y se deja llevar, puede resultar muy divertido.

En esta ocasión el alojamiento volvió a ser un acierto gracias a mi amigo Peña: el hotel estaba en el epicentro de Kaosan Road y tenía piscina en la azotea (que por cierto, no llegamos a pisar).

El primer día que pasamos en Bangkok, estuvimos de compras por el centro comercial MBK y después cenamos algo y salimos de fiesta en la misma calle.

Aquella noche hubieron dos cosas que me llamaron la atención.

La primera  fue cuando Jesús me invitó a un masaje en los pies mientras estábamos de fiesta. Fue en medio de la calle, durante 30 minutos y mientras tanto íbamos tomando nuestra copa y charlando. (Precio del masaje: 1 euro cada uno).

Y la segunda fue cuando pasó la policía por la calle a las 5 de la mañana aproximadamente y a su paso, los responsables de los puestos iban guardando los altavoces, recogiendo las bebidas y apagando la música. Pero en el momento que el coche de policía desapareció por el otro lado, volvieron a sacar todo de nuevo y la fiesta continuó como si no hubiera mañana.
A las 7 llegamos al hotel.

Al día siguiente (o ese mismo día según se mire) solo nos quedaba la mitad del tiempo ya que habíamos estado durmiendo necesariamente hasta mediodía.

Cuando nos levantamos, fuimos directamente a comer a un buen restaurante japonés que ya habíamos frecuentado el día anterior y nos comimos unos rolls, niguiris, yakitori, sopa de miso y helado de té verde de postre.
Todo este festín costó caro para ser Tailandia pero nos asegurábamos
que estábamos comiendo bien y que comparándolo con un restaurante japonés en España era una auténtica ganga (nos costó 8 euros por cabeza aproximadamente).

Después de comer fuimos a ver el templo del Buda reclinado. Ya lo había visto en 2011 pero me volvieron a sorprender sus dimensiones.

Seguidamente nos dirigimos a la
zona comerial de Platunang, pero sorprendentemente cada vez que parábamos un taxi o un tuk-tuk  o no nos querían llevar o nos pedían más dinero de lo normal y no entendíamos por qué.

Un tuk-tuk es una moto con una rueda delante y dos detrás que tiene carruaje y asiento para 3 personas a modo de taxi económico.

Bien, pues al final se dignó a llevarnos un  tuk-tuk y lo entendimos todo: había un atasco increíble en el centro. Sin exagerar, llegamos a estar parados 40 minutos de reloj.

Finalmente, el conductor cambió la ruta y nos dejó en lo alto de un puente y nos dijo que habían líneas regulares de barcas a motor que iban en ambas direcciones por el canal.

No dábamos crédito, pagamos al taxi un tercio de lo que nos dijo y bajamos al canal por unas escaleras.
Compramos un ticket hasta Platunang por 20 céntimos y nos montamos en una barca que nos llevó hasta nuestro destino por las aguas putrefactas del canal.

Al llegar vimos un batiburrillo de centros comerciales y mercadillos y compramos todo lo que necesitábamos e incluso una mochila para cargarla de cosas para dársela a Rubén que volvía a Barcelona y podía facturar 20 kg.

Después, insistí a mis amigos a subir a un rascacielos a ver las vistas de la ciudad. Siempre que viajo intento subir a un edificio alto, me gusta mirar lo que abarcan las vistas, los límites de la ciudad.

Al final los convencí y casualmente acabamos en el edificio más alto de Bangkok el hotel Skytower.

Al subir empezamos a notar la presión en los oidos. Cuando llegamos arriba, había un pub muy moderno donde las mesas y sillas emitían luces de colores. 
Al lado del bar había un observatorio para ver las vistas con prismáticos.

Pero todavía teníamos que coger otro ascensor para subir hasta la parte más alta.
Una vez allí descubrimos una plataforma giratoria que se movía lentamente par poder ver las vistas de los 360 grados.

Ya era de noche y todos estaba lleno de luces por todas partes, las autopistas parecían pistas de scalestric imaginarias y el perímetro de la ciudad parecía no tener límites. Fue impresionante.

Después de dar toda la vuelta a la velocidad de la plataforma, bajamos al
Skybar a bebernos la consumición que venía con la entrada.

Allí hicimos un feedback de todo lo vivido juntos  y recordamos las bromas del viaje que ya perduraran para siempre.

Ya era tarde y teníamos que hacer cosas todavía, así que bajamos, cogimos un taxi y nos dirigimos a Kaosan Road.

Cuando llegamos la fiesta ya estaba montada y Kaosan Road se había vestido de noche para acompañar a todas las almas nocturnas que por allí deambulaban.

Nosotros todavía teníamos que hacernos la maleta, eran las 12 de la noche y mientras ellos organizaban sus cosas yo me fui a cortarme el pelo ya que todavía me quedaba un mes por delante y mis amigos me decían que tenía pelos de pumuki ya jajajajjaja.

Así que crucé la calle entre música a toda pastilla y gente bailando, pasé un puesto de masaje y me metí en la peluquería.

Le llevé una foto para que más o menos viera como lo quería pero la peluquera hizo lo que le dio la gana. Eso sí me lo dejó francamente bien, me esperaba algo peor.

Cuando volví, hice la maleta y nos fuimos al restaurante más internacional del mundo, el Mc Donalds.
Es curioso, durante este viaje me he preguntado como lo hacen para que las hamburguesas tengan el mismo sabor en España, Tailandia, Indonesia o Japón. 
Parece mentira.

Bien, después de esto nos fuimos a descansar al hotel. Yo me iba el primero en un par de horas, después lo haría Rubén y después Jesús.

Al marcharme tuve que despertar a Rubén para despedirme y Jesús me acompañó a coger el taxi.

Al montarme en el coche volví a verme solo, por una parte con un vacío muy grande porque lo había compartido todo con ellos durante un mes y los echaría
de menos, pero por otra parte tenía muchas ganas de vivir todo lo que me esperaba y además me reencontraría más tarde con Jesús en Japón.

Después de pagarle la carrera al simpático taxista, entré en el aeropuerto pensando en todo lo que me quedaba todavía: Indonesia y Japón allí voy!


jueves, 21 de agosto de 2014

Chiang Mai: templos, compras, selva y elefantes.



Pensaba que el hecho de estar solo me facilitaría las cosas para actualizar el
Blog, pero veo que estaba equivocado.

El hecho de querer disfrutar cada minuto de este viaje hace que siempre acabe dejando el blog para otro momento.

Hoy, os voy a narrar nuestras andanzas por el norte de Tailandia. Os escribo desde la habitación de la sala del té de la casa de geishas Shima, en Kanazawa.
La tranquilidad y la paz que aquí se respira hace que pueda disfrutar de este momento de serenidad, para transmitiros mejor nuestras experiencias.

Como de costumbre, llegamos a Chiang Mai de noche después de volar desde Pucket -habiendo devorado algunos capítulos más de Breaking Bad-.

El taxi que nos recogió en el aeropuerto era una camioneta enorme con pantallas en los reposacabezas y con un equipo de música de última generación, total para 10 minutos de viaje.

Llegamos al hotel y nos quedamos descansando porque ya habíamos cenado en el avión.

El hotel tenía más de lo que necesitábamos: bañera tipo jacuzzi, nevera, camas enormes y cómodas y una habitación/comedor que usaríamos para cenar en más de una ocasión.

Estaba tan enganchado con la serie que lo primero que hice fue prepararme una bañera de espuma para cargarme un capítulo más allí. 

Al cabo de una hora tenía el cuerpo limpio como un jaspe y arrugado como una pasa  y solo me quedaba un capítulo para acabar la serie. Unos minutos más tarde estábamos todos durmiendo.

Chiang Mai es uno de esos lugares que engancha, que hace que te quieras quedar más días allí de los que tenías previsto.

Es una ciudad enmurallada que alberga miles de personas dentro y fuera de sus murallas.

Tiene todo lo que un viajero desea tener: buena comida, templos para visitar, excursiones para hacer en la selva e incluso algunos locales para salir por la noche -cabe decir que en Tailandia puede ser que  levantes una piedra y encuentres una fiesta, en el lugar más remoto vaya-.

Antes de nada, quisiera citaros algunas anécdotas: degustamos gusanos, grillos y saltamontes fritos, probamos fruta que no habíamos comido jamás, devoramos gazpacho, albóndigas, unas bravas,  paella y tortilla de patatas en un restaurante español, vimos como se paralizaba literalmente la ciudad a las 18:00 de la tarde cuando sonaba el himno nacional y por primera vez, vimos como una masiva presencia militar custodiaba las entradas de la muralla. 

Nuestra estancia en Chiang Mai fue muy variada y divertida: visitamos el inmenso mercado Walking Sunday donde compramos de todo, visitamos los templos más importantes ( estuvimos discutiendo un buen rato acerca de si el sacerdote budista era real o una figura, Qué creéis vosotros?), contratamos una excursión donde nos enseñaron a montar en elefante a través de un código que tuvimos que aprender primero para manejarlo, fuimos a una cascada con un tobogán natural para tirarnos, bajamos los rápidos del río Mekong haciendo rafting (estaba diluviando en aquel momento), surcamos las aguas del mismo río  en un apacible paseo en balsas de bamboo  e incluso  tuvimos una noche de fiesta en la discoteca Spicy.

No nos podíamos quejar de nada, Chiang Mai nos había dado todo lo que le habíamos pedido.

Nuestro viaje juntos estaba llegando a su fin y que mejor despedida que desde la frenética capital Tailandesa.

Última parada: Bangkok.