Lo que hemos visto y experimentado en Indonesia nos ha sorprendido gratamente: sus gentes, su cultura, su comida, etc.
Con todo esto, el hecho de regresar a un lugar conocido fuera de tu zona de confort, hace que te sientas ligeramente más seguro y eso que en realidad es un lugar que prácticamente acabas de descubrir. Así me sentí yo cuando regresamos de las Gili Islands y nos instalamos en Balangan.
Estábamos alojados en el hotel Orange, que encontramos por descarte tras recibir la negativa de un montón de alojamientos. Parecía que la zona estaba concurrida, eso era una buena señal.
Lo primero que hicimos fue alquilarnos unas motos para ir a la playa a comer algo y ver la puesta de sol.
Fuimos a la playa de Balangan que es la que nos quedaba más cerca.
Al llegar descubrimos una playa extensa, con un montón de chiringuitos alineados perfectamente, desde donde podías ver a decenas de surfistas flotando en sus tablas mientras muchos de ellos iban cabalgando las olas.
Tras caminar un poco y haciendo caso a los rugidos de nuestros estómagos, nos decidimos por el primer garito de la playa (pensad que no comíamos desde el almuerzo porque nos urgía recuperar la tarjeta).
Allí disfrutamos de una charla, de la comida y de una puesta de sol genial.
Seguidamente volvimos, inspeccionamos la zona, recorrimos la calle de los alojamientos y restaurantes a pie de playa y volvimos hacia el parking rodeando una ladera al final del camino.
Allí nos encontramos con una chica española de Zaragoza que se había instalado allí para surfear una temporada. Tras intercambiar unas palabras con ella, regresamos al hotel a descansar un poco.
El entorno del hotel era mucho mejor que el bungalow donde estábamos alejados: tenía un supermercado al lado, jardines con mandarinos y todo estaba bastante limpio.
Pero el interior del bungalow, a pesar de que era bastante grande, dejaba mucho que desear, pero de eso nos dimos cuenta más tarde. Solo os diré que los techos eran muy altos con vigas de madera y estaba hecho de paja y que habían dos camas de matrimonio, una con mosquitera y la otra sin mosquitera.
Después de organizar nuestras cosas y descansar un poco, nos dimos cuenta del retraso que llevábamos ese día (habíamos comido a las 5:30 de la tarde y a las 18:00 anochece en Bali) así que nos dirigimos a la zona de la playa para cenar algo, pero esta vez fuimos por otro camino con el cual podíamos acceder a la playa con las motos, pero teníamos que atravesar una parte de la montaña donde no había camino y el suelo estaba empedrado.
Ya eran las 22:00 y aunque no os lo parezca aquí es muy tarde para cenar.
Solo había abierto uno de los warungs y allí nos encontramos únicamente a la surfera de Zaragoza junto con su amiga de viaje. Estaban acabando de cenar y nosotros apenas acabábamos de llegar.
Tras pedir y charlar un rato con ellas, nos despedimos y cenamos platos típicos balineses riquísimos que nos hizo la
anciana que regentaba el local.
Hasta aquí todo normal no? Pues en un momento, cuando ya estábamos de sobremesa empezó a caer un diluvio que nos obligó a quedarnos allí por un buen rato!
Después de ver que no cesaba la intensidad de la lluvia, nos empezó a saber mal que la mujer estuviera allí por nosotros, así que decidimos que a la que parara un poco de llover nos marcharíamos.
Estábamos empezando a preocuparnos por la accidentada pendiente que habíamos bajado hasta llegar allí, cuando de repente paró de llover un poco y aprovechamos para salir disparados hacia las motos después de despedirnos de la risueña dueña del warung.
Cuando estábamos a mitad de camino hacia las motos empezó a apretar de nuevo, pero ya no había marcha atrás.
Encendimos las motos y vimos que toda la pendiente empedrada de antes ahora era un barrizal de lodo!
Así que me quité las chanclas y empujé la moto de Jesús primero y la de Rubén después para que no patinara la rueda en el barro. Nos pusimos perdidos pero nos reímos muchísimo!
Después de montarnos en la moto y mojarnos hasta las pestañas, llegamos a nuestro hotel, nos limpiamos el barro y nos duchamos.
Justo después Rubén y yo nos instalamos en la cama de matrimonio con mosquitera y Jesús en la que no tenía y mañana os cuento que pasó aquella noche...




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