Blog, pero veo que estaba equivocado.
El hecho de querer disfrutar cada minuto de este viaje hace que siempre acabe dejando el blog para otro momento.
Hoy, os voy a narrar nuestras andanzas por el norte de Tailandia. Os escribo desde la habitación de la sala del té de la casa de geishas Shima, en Kanazawa.
La tranquilidad y la paz que aquí se respira hace que pueda disfrutar de este momento de serenidad, para transmitiros mejor nuestras experiencias.
Como de costumbre, llegamos a Chiang Mai de noche después de volar desde Pucket -habiendo devorado algunos capítulos más de Breaking Bad-.
El taxi que nos recogió en el aeropuerto era una camioneta enorme con pantallas en los reposacabezas y con un equipo de música de última generación, total para 10 minutos de viaje.
Llegamos al hotel y nos quedamos descansando porque ya habíamos cenado en el avión.
El hotel tenía más de lo que necesitábamos: bañera tipo jacuzzi, nevera, camas enormes y cómodas y una habitación/comedor que usaríamos para cenar en más de una ocasión.
Estaba tan enganchado con la serie que lo primero que hice fue prepararme una bañera de espuma para cargarme un capítulo más allí.
Al cabo de una hora tenía el cuerpo limpio como un jaspe y arrugado como una pasa y solo me quedaba un capítulo para acabar la serie. Unos minutos más tarde estábamos todos durmiendo.
Chiang Mai es uno de esos lugares que engancha, que hace que te quieras quedar más días allí de los que tenías previsto.
Es una ciudad enmurallada que alberga miles de personas dentro y fuera de sus murallas.
Tiene todo lo que un viajero desea tener: buena comida, templos para visitar, excursiones para hacer en la selva e incluso algunos locales para salir por la noche -cabe decir que en Tailandia puede ser que levantes una piedra y encuentres una fiesta, en el lugar más remoto vaya-.
Antes de nada, quisiera citaros algunas anécdotas: degustamos gusanos, grillos y saltamontes fritos, probamos fruta que no habíamos comido jamás, devoramos gazpacho, albóndigas, unas bravas, paella y tortilla de patatas en un restaurante español, vimos como se paralizaba literalmente la ciudad a las 18:00 de la tarde cuando sonaba el himno nacional y por primera vez, vimos como una masiva presencia militar custodiaba las entradas de la muralla.
Nuestra estancia en Chiang Mai fue muy variada y divertida: visitamos el inmenso mercado Walking Sunday donde compramos de todo, visitamos los templos más importantes ( estuvimos discutiendo un buen rato acerca de si el sacerdote budista era real o una figura, Qué creéis vosotros?), contratamos una excursión donde nos enseñaron a montar en elefante a través de un código que tuvimos que aprender primero para manejarlo, fuimos a una cascada con un tobogán natural para tirarnos, bajamos los rápidos del río Mekong haciendo rafting (estaba diluviando en aquel momento), surcamos las aguas del mismo río en un apacible paseo en balsas de bamboo e incluso tuvimos una noche de fiesta en la discoteca Spicy.
No nos podíamos quejar de nada, Chiang Mai nos había dado todo lo que le habíamos pedido.
Nuestro viaje juntos estaba llegando a su fin y que mejor despedida que desde la frenética capital Tailandesa.
Última parada: Bangkok.















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