AVENTURAS EN ASIA

AVENTURAS EN ASIA

domingo, 24 de agosto de 2014

Despedidas en Tailandia, la ciudad donde todo es posible.


Ya hacía 28 días que había partido en busca de aventuras en Asia y 23 de esos días los había compartido con dos de mis mejores amigos.

Solo nos quedaban dos días juntos y que mejor forma de despedirnos que en la capital de Tailandia.

Tras esperar en el aeropuerto de Chiang Mai a nuestro avión viendo el último capítulo de Breaking Bad (la mejor serie que he visto en mi vida) cogimos nuestro avión y llegamos a nuestro destino en menos que canta un gallo.

Bangkok es una urbe enorme donde reina un kaos ordenado y donde puedes encontrar desde rascacielos espectaculares a templos ancestrales.
Esta ciudad está llena de mercadillos y puestos de comida, tiene un tráfico trepidante y el calor es horrible.
La sensación que da cuando paseas por allí es que el grado de contaminación es alto y cuando menos te lo esperas puede sorprenderte un olor a cloaca en cualquier esquina como si de una galleta de Bud Spencer se tratara.

Los tres ya habíamos estado allí, así que ya sabíamos de que iba la cosa (precios, regateo, taxis...).

Al salir del aeropuerto un taxista bajó la ventanilla y nos indicó que fuéramos en su taxi con el fin de evitarnos la cola oficial.

Así que salimos corriendo y nos metimos en el coche en marcha cargados con nuestras mochilas con la fehaciente condición de que nos pusiera el taxímetro.

Lo primero que le dijimos fue:

-Put de meter please.
(Pon el taxímetro por favor).

A lo que él contestó: 

- 650 baths for three people!
(650 baths por 3 personas).

Y nosotros replicamos: 

-Put the meter or nothing!
(Pon el taxímetro o nada!).

A lo que él continuó diciendo:

- 500 baths my friends, good price!
(500 baths amigos, buen precio!)

Y nosotros concluimos contestando:

- Stop the taxi, stop here please!

(Detén el taxi, para aquí por favor!)

Ipso facto bajamos del vehículo en marcha y nos bajamos para hacer la cola de los taxistas oficiales del aeropuerto cuyos taxis van con taxímetro. La carrera no llegó a los 200 baths.

Nuestro destino elegido fue Kaosan Road.

Ésta calle y sus circundantes, viven al margen de la ciudad, con sus propias leyes y donde parece que el tiempo transcurre de forma diferente.

A todas horas hay actividad, por el
día hay un montón de puestos de comida, tiendas, salón de masajes, lavandería, restaurantes, hoteles...
Y por la noche algunas de estas paradas montan una carpa con grandes altavoces  (deejay incluido) y muchas de las paradas que durante el día servían comida, ahora sirven bebida de todo tipo: cervezas, combinados, buckets...

Desde que  se entra en Kaosan Road y mientras se recorre hasta el otro extremo, el viajero puede sentirse abrumado por las cosas inverosímiles que le intentan vender: pinchos con escorpiones fritos, ping pong show, ranas de madera como souvenir, trajes a medida, etc.
Pero si se deja envolver por el encanto de la calle y se deja llevar, puede resultar muy divertido.

En esta ocasión el alojamiento volvió a ser un acierto gracias a mi amigo Peña: el hotel estaba en el epicentro de Kaosan Road y tenía piscina en la azotea (que por cierto, no llegamos a pisar).

El primer día que pasamos en Bangkok, estuvimos de compras por el centro comercial MBK y después cenamos algo y salimos de fiesta en la misma calle.

Aquella noche hubieron dos cosas que me llamaron la atención.

La primera  fue cuando Jesús me invitó a un masaje en los pies mientras estábamos de fiesta. Fue en medio de la calle, durante 30 minutos y mientras tanto íbamos tomando nuestra copa y charlando. (Precio del masaje: 1 euro cada uno).

Y la segunda fue cuando pasó la policía por la calle a las 5 de la mañana aproximadamente y a su paso, los responsables de los puestos iban guardando los altavoces, recogiendo las bebidas y apagando la música. Pero en el momento que el coche de policía desapareció por el otro lado, volvieron a sacar todo de nuevo y la fiesta continuó como si no hubiera mañana.
A las 7 llegamos al hotel.

Al día siguiente (o ese mismo día según se mire) solo nos quedaba la mitad del tiempo ya que habíamos estado durmiendo necesariamente hasta mediodía.

Cuando nos levantamos, fuimos directamente a comer a un buen restaurante japonés que ya habíamos frecuentado el día anterior y nos comimos unos rolls, niguiris, yakitori, sopa de miso y helado de té verde de postre.
Todo este festín costó caro para ser Tailandia pero nos asegurábamos
que estábamos comiendo bien y que comparándolo con un restaurante japonés en España era una auténtica ganga (nos costó 8 euros por cabeza aproximadamente).

Después de comer fuimos a ver el templo del Buda reclinado. Ya lo había visto en 2011 pero me volvieron a sorprender sus dimensiones.

Seguidamente nos dirigimos a la
zona comerial de Platunang, pero sorprendentemente cada vez que parábamos un taxi o un tuk-tuk  o no nos querían llevar o nos pedían más dinero de lo normal y no entendíamos por qué.

Un tuk-tuk es una moto con una rueda delante y dos detrás que tiene carruaje y asiento para 3 personas a modo de taxi económico.

Bien, pues al final se dignó a llevarnos un  tuk-tuk y lo entendimos todo: había un atasco increíble en el centro. Sin exagerar, llegamos a estar parados 40 minutos de reloj.

Finalmente, el conductor cambió la ruta y nos dejó en lo alto de un puente y nos dijo que habían líneas regulares de barcas a motor que iban en ambas direcciones por el canal.

No dábamos crédito, pagamos al taxi un tercio de lo que nos dijo y bajamos al canal por unas escaleras.
Compramos un ticket hasta Platunang por 20 céntimos y nos montamos en una barca que nos llevó hasta nuestro destino por las aguas putrefactas del canal.

Al llegar vimos un batiburrillo de centros comerciales y mercadillos y compramos todo lo que necesitábamos e incluso una mochila para cargarla de cosas para dársela a Rubén que volvía a Barcelona y podía facturar 20 kg.

Después, insistí a mis amigos a subir a un rascacielos a ver las vistas de la ciudad. Siempre que viajo intento subir a un edificio alto, me gusta mirar lo que abarcan las vistas, los límites de la ciudad.

Al final los convencí y casualmente acabamos en el edificio más alto de Bangkok el hotel Skytower.

Al subir empezamos a notar la presión en los oidos. Cuando llegamos arriba, había un pub muy moderno donde las mesas y sillas emitían luces de colores. 
Al lado del bar había un observatorio para ver las vistas con prismáticos.

Pero todavía teníamos que coger otro ascensor para subir hasta la parte más alta.
Una vez allí descubrimos una plataforma giratoria que se movía lentamente par poder ver las vistas de los 360 grados.

Ya era de noche y todos estaba lleno de luces por todas partes, las autopistas parecían pistas de scalestric imaginarias y el perímetro de la ciudad parecía no tener límites. Fue impresionante.

Después de dar toda la vuelta a la velocidad de la plataforma, bajamos al
Skybar a bebernos la consumición que venía con la entrada.

Allí hicimos un feedback de todo lo vivido juntos  y recordamos las bromas del viaje que ya perduraran para siempre.

Ya era tarde y teníamos que hacer cosas todavía, así que bajamos, cogimos un taxi y nos dirigimos a Kaosan Road.

Cuando llegamos la fiesta ya estaba montada y Kaosan Road se había vestido de noche para acompañar a todas las almas nocturnas que por allí deambulaban.

Nosotros todavía teníamos que hacernos la maleta, eran las 12 de la noche y mientras ellos organizaban sus cosas yo me fui a cortarme el pelo ya que todavía me quedaba un mes por delante y mis amigos me decían que tenía pelos de pumuki ya jajajajjaja.

Así que crucé la calle entre música a toda pastilla y gente bailando, pasé un puesto de masaje y me metí en la peluquería.

Le llevé una foto para que más o menos viera como lo quería pero la peluquera hizo lo que le dio la gana. Eso sí me lo dejó francamente bien, me esperaba algo peor.

Cuando volví, hice la maleta y nos fuimos al restaurante más internacional del mundo, el Mc Donalds.
Es curioso, durante este viaje me he preguntado como lo hacen para que las hamburguesas tengan el mismo sabor en España, Tailandia, Indonesia o Japón. 
Parece mentira.

Bien, después de esto nos fuimos a descansar al hotel. Yo me iba el primero en un par de horas, después lo haría Rubén y después Jesús.

Al marcharme tuve que despertar a Rubén para despedirme y Jesús me acompañó a coger el taxi.

Al montarme en el coche volví a verme solo, por una parte con un vacío muy grande porque lo había compartido todo con ellos durante un mes y los echaría
de menos, pero por otra parte tenía muchas ganas de vivir todo lo que me esperaba y además me reencontraría más tarde con Jesús en Japón.

Después de pagarle la carrera al simpático taxista, entré en el aeropuerto pensando en todo lo que me quedaba todavía: Indonesia y Japón allí voy!


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